Fragmento del capítulo 1, «La última barca a Aldena», de El hogar de las brasas. Texto tomado del manuscrito de la trilogía; se presenta sin correcciones creativas adicionales.

La última barca a Aldena

La barca salía de Cala Rota con la última marea de la tarde, y Nerea Solís llegó al muelle corriendo, con una bolsa de pan caliente apretada contra el pecho y la trenza deshecha por el viento: el pelo cobrizo se le escapaba en ondas por debajo de la cinta amarilla.

—¡Espera, Tomás! ¡Que llevo lo tuyo!

El barquero, ancho como una puerta y de manos curtidas por cuarenta años de redes, levantó la vista de la amarra y suspiró con la resignación de quien lleva toda la vida esperándola.

—Siempre la última, niña. Un día te dejará la Bruma.

—La Bruma no se atreve conmigo. Le caigo bien. —Nerea le puso el pan en las manos—. Es de mi madre. Dice que si no te lo comes entero, vendrá a tirarte de las orejas.

Tomás gruñó, pero se guardó el pan bajo el chaquetón como un tesoro. En lo alto del camino la madre de Nerea agitaba un pañuelo; los tres hermanos habían bajado también y fingían no llorar. Nerea levantó los dos brazos, y los pendientes de su madre, dos rombos pequeños de latón, le bailaron contra el cuello. Cuatro pañuelos respondieron a la vez.

Tenía veinticuatro años, y hacía dos semanas que le había llegado la carta del Concilio, con el sello del Faro, un sol de rayos con una llama dentro: Se os convoca al Hogar de las Brasas para cursar los Dos Inviernos. Su madre la leyó tres veces, la guardó en el cajón de los santos y dijo:

—Ve. Y no dejes que se te apague la risa.

Subió a bordo. Una docena de pasajeros: una mujer con una jaula de gallinas, dos soldados jóvenes que jugaban a las cartas sobre un barril y, apoyado en un fardo, un muchacho con un abrigo de mujer recosido que escribía sobre las rodillas. Uno de los soldados le ofreció un hueco en la partida.

—Con cartas ajenas siempre pierdo —contestó, sin levantar la vista del papel.

A proa, agarrado a la baranda, había otro muchacho de pelo castaño claro y rizado, con un pendiente de oro en una oreja, un abrigo demasiado elegante para aquella barca y la cara del color del queso fresco.

—Aguanta —le dijo ella al pasar—. Dicen que lo peor son los diez primeros minutos.

—Dicen mal —respondió él sin abrir los ojos—. Lo peor son todos los siguientes.

Dejó el saco de lona a sus pies, se sentó a su lado y le puso sobre las rodillas el último pedazo de pan, para que tuviera algo en que ocupar los dedos.

—¿Nunca has navegado?

—Muchas veces. Lo que no he hecho nunca es hacerlo con dignidad. —Entreabrió un ojo—. Teo Lozano. Y creo que voy a morir en esta barca, así que si tienes algún mensaje para la posteridad, este es el momento.

—Nerea. —Le tomó la mano sin pedir permiso—. No vas a morir. Te va a doler la tripa un poco más y luego se te pasará.

Dejó que el calor subiera por su brazo como sube una marea. Ascua, la llamaban las cartas: la Llama de los que cuidan. Con la cara de Teo casi sobre la suya, vio en el contorno de la mandíbula una línea finísima que vibraba, como el aire sobre una calzada caliente, y no supo qué era. La línea seguía allí.

El color de Teo fue volviendo a su sitio. Se incorporó.

—Esto es indecente —dijo, llevándose una mano al estómago—. ¿Qué me has hecho?

—Nada. Ayudarte un poco.

Soltó su mano y notó el precio de siempre: los dedos helados, blancos hasta la segunda falange. Sabía sin espejo que se le estaban marcando las pecas de la nariz, como cada vez que la Llama le cobraba el frío.

—Llevo veintitrés años de mareos y tú me los quitas de un soplo. Yo soy Humo.

Alzó la mano con gesto de prestidigitador, abriendo y cerrando los dedos, un telón que se descorre, y entre ellos se desplegó una mariposa de humo azul que revoloteó alrededor de la mujer de las gallinas. La mujer no la vio. Las gallinas sí, y cacarearon hasta hacer reír a los soldados.

—Perdona —dijo Teo, y la mariposa se deshizo en nada—. ¿Y tú? ¿Desde cuándo?

—Seis meses. —Nerea se frotó los dedos contra la manga—. Un pescador al que todos daban por ahogado tosió agua entre mis manos mientras le cantaba la nana de mi abuela. Soy la primera que prende en cuatro generaciones. Mi madre dice que es porque mi abuela cantaba muy bien.

La barca se adentró en el canal. Fue entonces cuando Nerea vio la Bruma.

—Dicen que al llegar hay que pagar un impuesto por cada maleta —murmuró Teo, todavía pálido—. Si es por las mías, tendrán que hacerme concejal para saldar la deuda.

Nerea rio. La risa le duró lo que tardó Tomás en soltar la última amarra.

No llegaba de golpe. Se levantaba del agua en largos jirones grises a ambos lados del casco, igual que una pared lenta que respirase. Los pasajeros callaron, y todos sabían por qué: lo que oía la Bruma, la Bruma lo recordaba un rato, y a veces lo repetía con voces que no eran las suyas.

Y allí, al fondo, por encima de la niebla, ardía la Luz: una torre blanca sobre el cabo, rematada en tres cuerpos escalonados, y un haz dorado que barría el mar cada pocos segundos. Cada vez que pasaba sobre la barca, la llama de Nerea respondía con un latido.

—Mi padre dice que es el único actor que nunca ha olvidado su papel —susurró Teo.

La barca pasó junto a una boya de señalización, un tronco ennegrecido que cabeceaba sobre el agua. Sobre la boya había un hombre de pie.

Estaba inmóvil y vestía el jersey de lana gruesa de los pescadores de Cala Rota, con el cuello remendado en un tono más claro. Pero donde debía estar su cara había una superficie pálida y lisa, arcilla sin cocer sobre la que alguien hubiera pasado un pulgar húmedo. No tenía ojos, y sin embargo parecía mirar la barca. Nerea pensó en su padre, que se había perdido en la niebla cuando ella tenía ocho años, y no pudo apartar la vista de aquel cuello remendado.

Se puso en pie.

Fin de la muestra disponible en esta web.

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